Hispano Chelvana

Bajar a Valencia

Carlos A El Terrao Comentar

Mi abuelo Quico no tiene edad definida. Yo creo que tiene más de cien años; pero cuando le pregunto siempre me esquiva diciendo que, como tiene un poco de Alzheimer, que no se acuerda. Lo que pasa es que tiene una memoria muy selectiva y muy suya. Por ejemplo, de lo que ha hecho hace un rato no se acuerda, pero de la historia que le contaron o que oyó hace años, como si fuera ahora.

El cruce, los coches y La Chelvana

-Van a hacer una rotonda en el cruce, abuelo.

-Pues ya era hora, nieto, porque ahí no ha habido muertos porque Dios no ha querido.

-¿Siempre ha estado igual ese cruce?

-No, antes había una señal de “estop” y mucho más antes una señal de “nada” porque la carretera que entraba al pueblo era un senderico. Y es que la carretera, carretera no se hizo hasta después de la guerra que se construyó la del Pantano. Entonces se enlazó con la de Chelva.

-Y si no había carretera, tampoco entrarían muchos coches al pueblo, ¿no?

-Uy, coches… pero si no había. Mira, nieto, carros y caballerías las que quisieras, pero coches, ni uno. Coches, coches, el primero que entró en el pueblo fue uno del tío Moñiga, que era para su negocio de carnicería. Con él traía y llevaba ganado. Luego había un camión del tío Posadero y con el tiempo la furgoneta del tío Sebastián; pero vamos eso ya era a mediados de siglo.

-¿Entonces si uno tenía que ir a Valencia?

-Pues podía elegir entre ir a pie o en el coche de san Fernando, ya sabes, un ratico a pie y otro, andando.

-Calle. Entonces se tardaría una semana en llegar.

-Sí, pizca más o menos, eso. Se bajaba en carro o andando y luego en Liria, se cogía la diligencia o el tren.

-¿Y la Chelvana?

-La Chelvana es una cosa “reciente”.

-¿Reciente?

-Ah, claro, es que tú eres muy joven. Pero sí, la Chelvana es cosa de principios del siglo XX. La hispano Chelvana se llamaba porque los coches llevaban motores “Hispano Suiza”, que eran de lo más modernos y potentes de aquellos años. Y claro aquello representó un avance en las comunicaciones como decís ahora los modernos.

-¡Usted sí que es “moderno”! Y vamos a ver, ¿cómo eran aquellos viajes en la Chelvana hasta Valencia?

-Anda, sienta que ya hemos caminado bastante por hoy y déjame echar un pitillo o no te cuento nada.

-Siempre se aprovecha de mi debilidad, abuelo. Sabe que soy muy curiosón y que me pierden sus cuentos. Pero que conste que la abuela le ha dicho que no fumara y que paseara media hora por el solecico y no llevamos ni diez minutos.

-Como tú quieras, nieto. O cuento y pitillo, o se me olvida la historia y seguimos con el caminar.

-Va, vamos a sentarnos aquí que se está al sol y a resguardo del viento; que hoy hace aire.

Recés se llama a estos sitios.

-Bueno, pues sentémonos en este recés y cuénteme usted lo del viaje a Valencia en la Chelvana cuando usted era joven…

La Chelvana, Hispano Suiza

La Chelvana, Hispano Suiza

Los preparatorios

“Treinta y dos reales el billete de Chelva a Liria, ¡Pero adónde iremos a parar!”

“Y luego échele 20 reales más del trenet hasta Valencia, Tío Lucas.”

“Dos duros y tres pesetas que me cuesta a mi tres días ganarlos, y eso cuando los gano, para ir a la capital. Y otro tanto para volver. Total una semana de jornal para viajes nada más”.

Esta podía ser fácilmente la conversación imaginaria entre dos hombres de aquellos primeros años del siglo XX cuando planeaban un viaje a Valencia desde Tuéjar. Y es que lo que hoy en día nos parece algo casi automático, como es ir a Valencia, en un ratico de una hora aproximadamente y cómodamente sentados en un coche, hace ochenta años podía ser toda una aventura.

Podía muy bien empezar un par de días antes, si se era hombre o casi una semana antes si se era mujer. En el primer caso, el hombre, ya un par de días antes iba preparando las mudas, los zapatos, la maleta o la bolsa. Aseguraba bien la faja con la faltriquera para guardar el dinero y el moquero. Visitaba la barbería para afeitarse bien y poder ir decente e incluso se cortaba el pelo si la cosa así lo requería. Todas estas faenas le ocupaban el par de días anteriores a la partida. En el caso de las señoras o de las muchachas, la cosa empezaba días antes, porque el vestuario era más complicado, la limpieza corporal era más completa y compleja, el tratamiento del pelo más largo y en definitiva, la preparación se alargaba.

El día de antes de la partida era todo un conjunto de advertencias por parte de familiares y amigos sobre lo que se podía hacer y lo que no en el viaje y en la ciudad. Algunos encargos de gentes que tenían en la ciudad a sus familiares, otros de los que demandaban productos de farmacia o que en el pueblo no se podían conseguir y uno se iba casi con la “lista de la  compra“.

“¡Ay, prenda! ¿No me mirarías unas lentes para coser en Valencia?”

“Que me ha dicho tu tía Contastina que vas a Valencia mañana. Chico, acércate a la calle San Vicente y le das a mi hija, la Concha, que está sirviendo allí la cartica esta.”

“En los Cafetines pregunta por el hijo de Luis “el mellao” y ya te darán razón de por ande para. Le dices que antes de San Blas necesito que me haiga pagao el rento del año pasao”.

Eran tantos los encargos, que había que anotarlos en la memoria si no se sabía de letra y, si se sabía, más valía un lápiz corto que una memoria larga.

También hay que señalar que no se hace nada por nada y que cada encargo suponía además en muchas ocasiones una longaniza seca o un puñao de harina o de arroz. O unas naranjas que previamente habían sido cambiadas en la plaza por unas patatas. En fin que todo afán tiene su provecho.

Billete antiguo de la Hispano Chelvana

Fuente: penyaramiro.blogspot.com

El día señalado

Se llegaba a la noche del día previo y se advertía a los serenos, que entonces recorrían las calles cantando las horas y el estado del tiempo, que te tocaran en la puerta de casa a determinada hora. Para ello se colocaban en un montoncico cuatro piedras y así, a las cuatro de la madrugada, el buen sereno te golpearía la puerta de casa para despertarte.

“¡Las cuatro y sereno!” “¡Las tres y nublo!” “¡Las dos y ventoso!”

En ocasiones a la información de la hora y el estado del tiempo le añadían alguna que otra oración a las ánimas.

“¡La una y sereno. Ánimas benditas por todas en general, que Dios las saque de penas y las lleve a descansar!”

Los recios tres golpes en la puerta resonaban en la entrada y algún que otro perrico por las cercanías se ponía a ladrar ante el ruido.

Había que levantarse porque a las cinco tenía que estar ya saliendo hacia Chelva y había que preparar ya las últimas cosas; comer algo y echar un trago para ponerse en camino.

“¿Para ande la echas hoy?” o “¿Ande vas tan temprano?”, podían ser las preguntas del primer mortal con quien te cruzaras en la negrura de las calles. Alguna que otra bombilla en las esquinas y no en todas – casi siempre con luz débil y temblona – y muchas de ellas, fundidas.

Por el Rabal, noche oscura, hasta la Rocha la Fuente y por el camino viejo, pasico a pasico a Chelva. Una hora y media larga no hay quien te la quite o dos. Noche cerrada, caminar despacio. El río sonando a la derecha de vez en cuando algún aullido te iba acompañando durante el viaje. Si tenías suerte, te encontrarías con algún pastor que iba a por el ganao o alguien que iba a regar en tiempo de verano. Y también era posible que te alcanzase alguno que fuera en tu misma dirección y por tu mismo motivo a Chelva para coger la Chelvana. En este caso, el caminar se hacía más llevadero y la conversación giraba en torno a los motivos del viaje de cada cual.

“Pero, hombre, ¿eres tú? No te había conocío. ¿Ande vas?”

“A Valencia, tío Pablo. ¿Y usté?”

“Pues al mismo sitio, galán.” “A ver si arreglo los papeles de las viñas en la Diputación, que, ahora, con la carretera que quieren hacer de Chelva a casa, me las cogen y me quieren pagar una miseria. Así que mi Felipe me ha buscao un abogao mu bueno en Valencia y a ver si me las pagan bien u qué.”

“Pues yo, que entro de quinto ya dentro de medio año y mi padre me manda con una carta de recomendación a don Manuel, ese que es sargento en un cuartel nuevo que han hecho que le llaman de Zapadores. Y es que el tal don Manuel es amigo de mi padre y de mi tío Juan y  a ver si me puede enchufar en algún buen destino antes de que me llamen de la caja reclutas. Y luego, además a unos mandaos que me han dao. Total que el viernes otra vez p’arriba.”

El camino, ahora diríamos el camino viejo de Chelva, se iba agotando y las luces del Convento ya se veían. De ahí al Molino Puerto no había más que un paso y estabas en Chelva, como aquél que dice.

Había que llegar a La Posá antes de las siete porque, pizca más menos, era cuando salía el coche de línea. Ni que decir tiene que  llevaba reloj más que media docena de personas en Tuéjar. El resto nos fiábamos de los toques y de la luz del sol.

La Posá a esa hora ya era un murmullo de gente que había acudido de Ahíllas, Tuéjar y alguno de Titaguas o de más lejos. Casi todos, con cestas de mimbre y más de uno con el hato de ropa, señal de que iban a la capital y para más de un día.  Los que ya estaban más “viajados” llevaban maleta y hablaban con la suficiencia que les daba el haber pasado por aquella aventura en más ocasiones.

El viaje

“Hale, al coche que salimos.”, decía el cobrador, que hacía las veces de cobrador, ayudante del chófer, revisor y servicio de información sobre cualquier asunto relacionado con el viaje. Mientras, el conductor ya hacía rato que había puesto en marcha el motor Hispano Suiza de aquel enorme autobús. Personas, cestas, maletas, algún que otro conejo en su saco, unas gallinas bien sujetas que iban para Losa; en fin aquel coche era una pequeña Arca de Noé con sabor serrano.

Para quien no había montado nunca en un vehículo, el ruido era lo primero que llamaba la atención. Impresionaba un poco y no digo nada si te daba por pensar a ver si aquello explotaba. Luego llamaba la atención el movimiento y sobre todo la velocidad contemplada desde el interior. ¡Cómo pasaban los árboles y las huertas! No sé quién dijo que llegando a Casinos que es todo más llano y recto se pone a cincuenta kilómetros por hora; que no se sabe muy bien cuánto es, pero que visto cómo iba nada más salir de Chelva, tenía que dar miedo esas velocidades, Dios mío.

Ambiente frío en el exterior que se reflejaba en el vaho que se iba creando en las ventanillas mientras el coche de la Chelvana se movía a través de una mezcla de tierra y grava hacia Calles.

“¿Ande va el mozo?”, preguntaba el cobrador una vez en marcha.

“Hasta el final.”, que era lo mismo que decir hasta Liria, que era donde se acababa la línea.

La curva de Santa Quiteria era el aviso claro de que se llegaba a Calles y allí, junto al puente que cruzaba el río Tuéjar, paraba y subía algún que otro viajero.

Subían dos y bajaban otros dos; la cosa se quedaba igual. “Mante, galán, ponte la toballa en las rodillas no sea cosa que te marees con tanta curva.” Era la última recomendación de la madre al mocetón que había subido aprisa y corriendo.

Se había calado el motor, pero enseguida volvió a la “vida”. Vuelta a reemprender el viaje. La siguiente parada, Domeño. No había más que un paso y por como clareaba el día, sería cerca de las ocho cuando volvía a arrancar el vehículo. La salida de Domeño era estrecha y con muchas curvas que terminaban en un par de puentes que cruzaban el río.

La Salada, “La Salá” pronunciado como corresponde, era un puerto que llevaba su buen rato para bajarlo con cuidado y subirlo con reposo. En línea recta de un punto a otro del barranco no hay ni un kilómetro; pero entre bajada y subida, con curvas estrechas y casi de ciento ochenta grados, la cosa se complicaba bastante.

Llegábamos a Losa ya bien amanecido el día. Algún que otro viajero bajaba del coche porque iba a Chulilla o alguna aldea próxima y algún que otro viajero de Losa subía.

Entre los viajeros ya se había establecido una charla animada. Unos fumaban y ofrecían tabaco al vecino. Otros explicaban en voz alta los motivos del viaje y alguno había que roncaba a pierna suelta.

“Pero entonces, ¿a qué hora sale de Liria el coche esta tarde?” Preguntaba una viajera de Losa que acababa de subir al coche. Y el Inspector, que además de vender los billetes estaba pendiente de que se bajaran en su parada los viajeros y de informarles, le contestaba con cierto aire de cansancio que a las cinco salía de la parada de la Estacioneta del Trenet, al lado de la carretera de Benaguacil.

“¿Y dice usted, don Manuel, que en Valencia, por la calle Las Barcas hay una tienda que venden arradios?” “No, tío Joaquín, no se llaman arradios sino radios. Y sí, ahí en la calle Las Barcas tiene usté la tienda. ¡Que, anda que no va poner el bar de bote en bote con la radio nueva!” “Es que se ha notao mucho el gasto desde que el tío Fermín ha abierto su bar en la Plaza. Así que me tengo que espabilar, que allí ya sabe usté que con la partida de guiñote u de brisca se pasan la noche con un café y no sacas ni para los gastos de la luz y el invierno se hace mu largo.”

La siguiente parada ya era más reposada. Era el Villar. Ahí, en la plaza próxima al cuartel de la Guardia Civil, el motor de la Hispano Chelvana reposaba un ratico. Los viajeros “estiraban un poco las piernas”. Los que tenían necesidad de echar un trago, o dejar salir algún fluido, tenían tiempo más que suficiente para hacerlo. Unos minutos después, volvía a oírse el motor y ya nos  disponíamos a salir rumbo a Casinos, cuando de repente alguien advertía que un pasajero no había regresado. Bocinazo y todo el mundo a mirar por los empañados cristales de la derecha a ver si volvía o no. Ya llegaba corriendo y jadeando el despistado. “Si es que me dejaba el saquico la merienda en el bar y he tenido que volver escapao.” Ahora ya, rumbo a Casinos.

Don Manuel, el médico de Calles, el único viajero que llevaba reloj de bolsillo junto con el Inspector, claro está, comentaba a su vecino y amigo Joaquín la rapidez del servicio. “Mire, tío Joaquín, no llega a media hora y de Villar ya hemos llegado a Casinos. Y es que esto de los coches es un adelanto muy grande.”

No era de extrañar, porque por la ventanilla daba gusto desfilar los postes de la luz y los árboles a esa velocidad. ¡Dios mío qué deprisa que iba esto! Y menos mal que a medio camino tuvimos que ir más despacico hasta que nos dejó pasar un camión cargado con sacos y garrafas que subía la Sabineta a paso de caballería. Ah, pero luego la bajada hasta Casinos, aquello volaba. Daba miedo.

La parada en Casinos la tenía en medio de la curva que hay a las afueras del pueblo, por donde pasa la carretera de Liria; al lado mismo había un café y enfrente un almacén de algarrobas. Del café salía una mujer con una cesta de mimbre y en su interior, decenas de envoltorios con peladillas. Si había suerte alguien compraba alguna cosica para llevar al chiquillo o para el pariente caprichoso de Valencia; pero lo más normal es que volvieran al café las mismas peladillas que habían salido de él.

“¡Dos reales el paquete. Ni que fueran de oro las peladillas!” Se decían unos a otros cuando la mujer se apeaba.

Solo quedaba  la última etapa: Casinos, Liria. “Media horica o así y enseguida en Liria, tío Pablo.” “Eso si no pinchamos; que llevamos una temporadica que cuando no es una rueda son dos”, terció el inspector que había oído el comentario.

Peladillas de Casinos Gloria

Peladillas de Casinos Gloria

El trenet y Valencia

Tocadas las nueve de la mañana, la Chelvana hacía su parada junto a la estacioneta del Trenet en la salida de Liria a Benisanó y Benaguacil. Allí se sentía más el frío; posiblemente porque se dejaba ese trozo de terruño que representaba el coche de la Chelvana. Era como decir adiós a nuestro territorio, a nuestra gente, en definitiva a nuestro mundo. Las despedidas eran los retazos de conversación que se sentían. “Hale, que ya hemos llegao, Joaquín”. “Bueno, ahora el trenet y a Valencia. ¿Usté también va a la capital, don Manuel?” “Sí, Joaquín, tengo que comprar unas cosas para la consulta.” “Pues, hale, p’abajo que ahora mismo sale el trenet.”

Los viajeros a la capital rápidamente se metían en la estación; otros que ya se quedaban en Liria se perdían por la callejuela empinada que subía hacia la plaza. Los de la estación preguntaban cuándo salía el trenet siguiente para Valencia. Aún tenían que esperar casi media hora; hasta las nueve y media. Tenían tiempo de comprar el billete, de mirar por los alrededores y, si tenían suerte veían algún que otro auto, que en aquellos años eran objetos extraños, conversaban con algún llauro (labrador), otro compraba para la vuelta algún palico de regaliz para el chico o la chica en el quiosquillo próximo al andén.

Veinte reales, cinco pesetas un billete hasta Valencia, que te daban derecho a ver la hermosa vega de naranjos y algarrobos que discurría por Liria, Benaguacil, La Puebla, La Eliana y que concluía con las huertas de La Vallesa, Burjasot y Benimamet y las de la propia Valencia, hasta la estación de madera de al lado del río Turia. Una hora larga llena de paradas, de gentes que suben y bajan, de palabras en valenciano que resultan raras a los oídos casi mañicos de nuestros tuejanos viajeros. Son las once de la mañana  y hemos llegado con bien a la capital. “Llevamos seis horas desde que salimos de casa; pero al fin estamos en Valencia, tío Pablo”. “Dónde va a parar, si llegamos a venir con el carro del Tío Segundo nos cuesta una semana casi.”

El trenet de Liria a Valencia

Fuente: valenciablancoynegro.blogspot.com